flores del verano

Los colores de las flores del verano

 

Por: Ariel Romero

 

 

flores del verano

 

 

 

Pasemos por alto la historia, las razones, los motivos por los que dos personas completamente desconocidas acaban en la misma cama en una noche fría de invierno. Dejemos eso para otro relato, que en este no hay espacio. El caso es que fue así y el propósito original, legítimo, de que estas personas compartieran cama, no se atreva el lector a dudarlo ni un momento, no fue otro que descansar, reponer energías para el día siguiente. Cuando ocurrieron los hechos ella tenía 19 y él, 23.

La cama era lo suficientemente grande como para que durmieran cómodamente cuatro personas. Aun así, cada cual estaba acostado en un extremo y no parecían tener ninguna intención de moverse de ahí.


— ¿Y por qué estás tan obsesionado con Van Gogh? — dijo ella en tono tímido.

— La carga personal — dijo él satisfecho — . Estoy seguro de que tiene que ver con eso. Cada una de las obras de Van Gogh tienen un fuerte componente emocional y espiritual. Sus lienzos con pinceladas cargadas y visibles representadas en una paleta brillante enfatizan la expresión de Van Gogh plasmada en pintura.

— Mi pintor favorito es Egon Schiele — dijo ella mientras jugueteaba con su dedo frente a sus ojos — . Tiene un estilo gráfico característico, abraza la distorsión de las figuras y lanza un atrevido desafío a las normas convencionales de belleza.

— ¿Te refieres al tipo de los desnudos tétricos?

— Sí, justamente. Sus obras son exploraciones abrasadoras de las psiques y la sexualidad de sus modelos. Eso me fascina.

— Quisiera tener alguna modelo desnuda, a ver si yo también puedo dibujar como él — dijo él en tono pretencioso y ambos echaron a reír.

La conversación entre aquella estudiante de Bellas Artes y aquel practicante de Derecho fluyó así, de prodigios y virtuosos, de poetas y músicos, de pintores y bailarinas. No se dieron cuenta hasta que el calor de su aliento inundó sus pupilas: se habían acercado tanto que podían distinguir el contorno de los poros y los relieves de la piel.

Él fue el primero en notarlo. Dejó de hablar y vio en sus ojos los colores de las flores del verano. Quiso retroceder, apenado, pero ella extendió su brazo y lo sujetó del cuello. Lentamente lo aproximó hacia sí hasta que sus labios se juntaron. Cualquiera que hubiera visto la escena, habría dicho que era un espectáculo mudo, pero para los protagonistas de ese beso, aquello fue tan estruendoso como el choque de dos planetas, el choque de dos mundos.

Después del primer contacto, tímido, nervioso, explorador, después del descubrimiento, después de sentir el sabor rojo de sus labios, él comenzó a besarla apasionadamente. Tenía tanto tiempo sin hacerlo que era como si no hubiera besado nunca.

Él acariciaba su cuerpo. Se deslizaba por su pecho, besaba su cuello, aspiraba su aroma. Tocaba sus nalgas, las apretaba.

Ella respondía a todos sus besos, reaccionaba a todas sus caricias. Llegó un momento en que se anticipaba a ellas y con una suavidad seductora, sin decir ni una sola palabra, le decía todo, le decía que quería todo.

Pero él se apresuró. Por un momento, el ritmo de la canción fue más rápido para él y se precipitó: llevó su mano a su blusa y amagó con comenzar a quitarle la ropa. Ella le tomó la mano y la retiró despacio, asustada. Intentó aproximarse nuevamente, pero percibió rechazo en su mirada. Si tan solo hubiera esperado un minuto más. Tal vez. Todo iba bien. ¿Qué había sucedido? ¿Había interpretado mal las señales?

En fin, todo estaba perdido. Se levantó de la cama y fue al tocador por un poco de agua.

Cuando regresó a la cama, se acostó y le dio la espalda a ella. No sabía qué otra cosa podía hacer. Todo había acabado.

Entonces sintió el tacto de ella sobre su abdomen, que subía hasta su pecho en un gesto infinito. Abrió los ojos como platos, los vellos se le erizaron. Ella se aproximó todavía más hacia él y lo abrazó por detrás.

Ella era fuerte, pero en toda la noche no hubo gesto más débil que aquel: ella lo guio con suavidad para que se volteara hacia ella. ¿O fue solo él, que ya la deseaba, quien sintió eso? No importaba, porque cuando se dio la vuelta, quedó frente a una escena que jamás se borraría de su cabeza: ella estaba completamente desnuda.

Su piel morena brillaba con las oscilaciones de la luz de la vela que iluminaba la habitación. Era delgadita, nalgona, tetichica. Sus pechos eran apenas un par de insinuaciones que respingaban en su torso. Justamente como a él le gustaban.

Él se quedó inmóvil, anonadado, con la boca abierta. Ella, aún insegura, le hizo una caricia en la mejilla con destino al mentón, al cuello, o al deseo.

Él supo que ese sí era el momento: se abalanzó sobre su pezón derecho y comenzó a lamerlo. Ella tensó casi todos sus músculos. Él la tocaba por todas partes, al principio disfrutando cada movimiento; después, desesperado, apasionado, casi rasgando su epidermis. Ella se retorcía de placer.

Fue tocando y lamiendo cada centímetro de su piel, como si quisiera construirla de nuevo, como si fuera capaz de cerrar todas sus heridas, como si pudiera diseñarla otra vez.

De cuando en cuando ella lo miraba y su mirada era nerviosa, pero cómplice, de deseo. Era una mirada de «tengo miedo, pero ¡carajo! sigue, continúa, no te detengas nunca ni por nada del mundo». Arrasó con su cuello. Devoró sus senos. Antes de bajar a sus piernas y ver como sus pechos se elevaban sin que ella lo pudiera controlar, disfrutó su abdomen. Su pubis olía a fruta fresca.

Danzaron así entre las sábanas. Sin saberse, sin conocerse bien siquiera, pero como si fueran dos amantes legendarios que saben el lugar preciso donde hay que tocar, donde hay que lamer, donde hay que presionar, donde hay que morder, donde hay que besar.

Cuando él subía, ella lo abrazaba y lo besaba con hambre, como si quisiera entrar en su boca y llegar hasta su garganta. En sus abrazos ella le arañaba la espalda. Para él, el dolor no existía.

Él la miró a los ojos y supo que ella estaba lista. Así que se dispuso a hacer lo que tenía que hacer. Pero ella lo haló contra sí, le besó el cuello y le susurró en el oído: «ten cuidado, ¿sí? Es mi primera vez».

Y toda la danza agitada que habían sostenido se transformó un vals más pausado, más mesurado. La melodía fue diferente. Los pasos ya no se daban al azar. Atrás quedaba la desesperación. Ahora solo había deleite en cada movimiento. En cada embestida. Él se movía al ritmo de sus ojos suplicantes. Acariciaba sus mejillas y apartaba el cabello de su rostro. La besaba despacio para que olvidara el fuego.

Hasta que la hizo llegar al clímax. Ella se retorcía como nunca. Gemía. Respiraba profundo. Lo abrazaba con fuerza. Le arañaba la espalda.

Él se dejó caer suavemente sobre ella, sobre sus pechos pequeños, sobre sus piernas torneadas. Sintió el aliento de ella como una erupción en su cuello. Habían tirado a un lado las sábanas, estaban envueltos en vapor.

Él comenzó a besarla despacito. En su frente. En sus mejillas. En sus labios, sobre todo en sus labios. Hasta que ella habló, con la voz como cortada, como vacilante, pero con una gran determinación en su mirada, y dijo: «¿lo hacemos otra vez?».

 

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Este texto pertenece a un miembro de la comunidad de Homocosmico.

 

 

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